La mística del Yayabo

A la orilla de sus 500 años, la más medieval de las primeras villas cubanas pone a salvo lo mejor del patrimonio local y actualiza el paisaje urbano con su típica mezcla de tradición y modernidad

Tradición y modernidad se unen en el entorno citadino espirituano.
Tradición y modernidad se unen en el entorno citadino espirituano. Foto: Andrei Álvarez Frías

SANCTI SPÍRITUS.— Acostumbrada al so­siego del callejón donde vive desde hace 73 años, Lidia Rosa Bernal cuenta los días que restan para la celebración del medio milenio de la villa espirituana, un convite que mantiene patas arriba a la ciudad desde hace meses y que por lo visto no debe terminar el próximo 4 de junio cuando suenen los campanazos de la fiesta fundacional: “Esto es el acabose, mijito”, comenta sonriente mientras suelta un cubo de agua escaleras abajo, según dice, “para espantar el polvo y los malos augurios”.

Muy cerca del lugar jóvenes alarifes dan los retoques finales a una balaustrada colonial, pintores de brocha gorda disimulan las arrugas en más de un alero y el artista de la plástica José Perdomo se apropia de los muros de la calle Padre Quintero para perpetuar la tradición muralista que desde hace décadas viene marcando el entramado urbano de la ciudad de Sancti Spíritus.

Las labores de resane y pintura se han extendido a la mayor parte del centro histórico. Foto: Vicente Brito

Abocada a la celebración de su medio milenio, la más medieval de las primeras villas cubanas, como gusta llamarle la Doctora Alicia García Santana, se empeña en poner a salvo lo mejor de su patrimonio edificado y actualiza el paisaje urbano con su típica mezcla de tradición y modernidad, acaso la misma que ha perdurado en el imaginario de sus habitantes por cinco siglos.

“La idiosincrasia actual del espirituano es el resultado de estos 500 años de historia, de los acontecimientos que marcaron su devenir y, fundamentalmente, de la actividad económica que predominó en la región: la ganadería”, ha precisado la historiadora María Antonieta Ji­ménez Margolles, una mujer que muy bien pudiera reconocer las calles de la ciudad por la textura de sus piedras.

LA HERENCIA DE LOS SIGLOS

Aunque para el periodista y crítico de arte Manuel Echevarría Gómez, voz autorizada en la materia, no existen en el concierto espirituano joyas arquitectónicas o ingenieras que su­peren la hidalguía de la Iglesia Parroquial Ma­yor, el legendario puente sobre el río Yayabo y el teatro Principal, tampoco es menos cierto que en la ciudad proliferan otras construcciones de alto valor patrimonial, hoy usadas lo mismo como edificios públicos que como residencias familiares.

La Real Cárcel, actualmente sede de la empresa SEPSA; el Palacio Valle o Casa de las Cien Puertas —Museo de Arte Colonial—; la antigua Sociedad El Progreso, sede de la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena; la Colonia Española, la Casa Municipal de Cultura y los hogares de ancianos y de niños sin amparo familiar conforman un verdadero dossier de la diversidad de estilos que conviven en la urbe.

Tan variopintas como esta propia arquitectura han sido las fórmulas a las que han tenido que acudir los espirituanos para asegurar la sobrevivencia de sus principales edificaciones, muchas de ellas severamente lastimadas por el paso de los años, por la falta de mantenimientos y de políticas coherentes de conservación y, en las últimas décadas, también por el colapso económico que representó el periodo especial.

Si hace algún tiempo varias de las instalaciones emblemáticas de la ciudad se mantenían en estado ruinoso, afortunadamente hoy la realidad resulta muy diferente, un saldo en el que, según los especialistas, han pesado tanto las decisiones de las autoridades regionales y el apoyo del nivel central, como la demanda ferviente de los pobladores que se resisten a perder la herencia de los siglos.

UNA FORTUNA EN EL YAYABO

Los habitantes de esta parte de la geografía presumen de contar en sus predios con una iglesia construida en el lejano 1680 que mantiene sus servicios religiosos hasta nuestros días; con uno de los tramos ferroviarios más antiguos de la isla —Sancti Spíritus-Tunas de Zaza— y con uno de los sistemas de acueducto más añosos del país, el cual, afortunadamente, todavía abastece a la parte sur de la ciudad.

Ninguno de ellos, sin embargo, supera el linaje del emblemático puente sobre el Yayabo, una obra excepcional para su tiempo, que desde 1831 aseguró la comunicación con la vecina Trinidad y los puertos de Casilda y Tunas de Zaza, reconocida como monumento nacional y convertida en símbolo de la región.

Mantener limpio y descontaminado el río que legó un segundo gentilicio a los habitantes de la villa y particularmente la zona del puente colonial se ha convertido desde hace décadas en una suerte de obsesión para los espirituanos, que en los últimos tiempos han trabajado en el empedrado, la decoración y la señalización del área, en el perfeccionamiento de los sistemas colectores de residuales, en la eliminación de algunos vertimientos, sobre todo domésticos, y en el saneamiento de la obra de toma de agua.

Los progresos, no obstante, son calificados como discretos por los conocedores, quienes de una parte lamentan las incongruencias del sistema de alcantarillado en la zona y, de otra, los efectos perniciosos de la indisciplina social.

EL ARTE DE RETRATAR LO FEO

De todos los fotógrafos que pululan a diario por las calles de Sancti Spíritus, Senén Renzolí es el único que anda cazando los rincones sucios, los microvertederos, los derrames de albañales, los baches y las paredes descorchadas.

Jubilado de las Fuerzas Armadas Revo­lucionarias y activista del Partido desde hace varios años, Senén es la cara más visible de un programa de trabajo denominado  Lo que oculta la ciudad del Yayabo, una iniciativa surgida en septiembre del 2011 que, como él mis­mo dice “le pone las orejas coloradas a la gente, pero al menos ha ido creando entre los cuadros una cultura para combatir la chapucería del día a día”.

A teatro lleno y a toda pantalla, Senén les presenta a las principales autoridades del Par­tido y el gobierno en la provincia y el municipio cabecera los resultados de sus pesquisas semanales por el centro histórico o los repartos periféricos —también ha incursionado en la villa trinitaria—, que son analizados ipso facto en presencia de los responsables.

Ni Senén ni nadie en la provincia puede asegurar a estas alturas cuántas soluciones prácticas han brotado de su cámara de buscador insaciable, pero el saldo desde hace rato es reconocido hasta por los mismos “acusados”, la mayoría de los cuales, por suerte, también se sienten deudores de la mística del Yayabo.

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